Por Agencia
Un equipo de científicos ha confirmado que los salmones expuestos a residuos de cocaína pueden nadar hasta 1,9 veces más lejos por semana y desplazarse hasta 12,3 kilómetros adicionales, alterando su comportamiento natural de forma significativa. El hallazgo, lejos de ser anecdótico, apunta a un fenómeno creciente: la influencia directa de drogas humanas en la fauna salvaje.
El estudio, realizado durante ocho semanas en un entorno natural, demuestra que incluso niveles detectados habitualmente en aguas residuales son suficientes para modificar patrones clave de movimiento, lo que podría desencadenar efectos en cascada en los ecosistemas acuáticos. Pero hay un detalle aún más inquietante: no es la cocaína en sí, sino su principal metabolito, el que genera el mayor impacto.
El experimento que revela una contaminación invisible pero activa
Durante años, la ciencia había observado efectos de sustancias como la cocaína en animales… pero siempre en laboratorio. Esta vez, el escenario cambió radicalmente. Los investigadores trasladaron el experimento al mundo real, concretamente al lago Lago Vättern, donde 105 salmones juveniles fueron monitorizados en condiciones naturales.
Para lograrlo, el equipo liderado por la Universidad Griffith utilizó implantes de liberación lenta y sistemas de telemetría acústica, lo que permitió seguir cada movimiento de los peces con una precisión inédita. Los salmones se dividieron en tres grupos: control, expuestos a cocaína y expuestos a benzoilecgonina, el principal metabolito que queda tras el consumo humano de esta droga.
Pero hay un giro inesperado en los resultados. Los peces expuestos a benzoilecgonina mostraron cambios mucho más intensos que los expuestos a cocaína directa, una diferencia que desafía los enfoques tradicionales de evaluación de riesgos ambientales. Y aquí surge la pregunta relevante: ¿estamos subestimando el impacto real de la contaminación química en ríos y lagos?
Nadar más lejos no siempre es mejor: el riesgo ecológico oculto
A simple vista, que un pez nade más podría parecer irrelevante. Pero en ecología, el movimiento lo es todo. Determina qué come un animal, de qué depredadores escapa y cómo interactúa con su entorno.
Los salmones expuestos al metabolito no solo nadaban más, sino que se dispersaban de forma anómala, modificando su relación con el ecosistema. Este cambio puede parecer sutil, pero sus consecuencias son profundas. Porque hay un detalle que desconcierta a los científicos: cuanto más tiempo estaban expuestos, más se intensificaban los cambios de comportamiento.