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Un agujero negro crece a un ritmo ‘prohibido’ y echa un pulso a las leyes de la física

Por Agencia

ID830 es un agujero negro supermasivo que, según un reciente artículo publicado en la revista The Astrophysical Journal Letters, surgió en los primeros compases del cosmos. En concreto, sitúan su origen hace, aproximadamente, 12.000 millones de años, es decir, solo 1.800 años después del Big Bang. Sin embargo, lo realmente curioso es que devora materia a una velocidad que supera en 13 veces el limite de Eddington, una frontera física que, en teoría, regula el crecimiento de estos objetos espaciales.

El límite de Eddington representa el punto de equilibrio en el que la fuerza de la gravedad que atrae a la materia hacia dentro de un agujero negro se iguala con la presión de la radiación que trata de salir. Teóricamente, superar este umbral implicaría la expulsión de materia estelar al espacio, lo que se supone imposible.

Pues bien, ID830 parece romper este esquema al generar simultáneamente intensas emisiones de rayos X y ondas de radio. Los modelos científicos actuales no predecían que ambas características pudieran coexistir, especialmente cuando un cuásar se alimenta de forma tan agresiva, superando las restricciones de la presión de radiación convencional.

Un mecanismo de crecimiento extremo

Los autores del estudio sugieren que este festín cósmico podría deberse a una fase transitoria donde el agujero negro tritura y engulle un cuerpo celeste masivoSakiko Obuchi, astrónoma de la Universidad de Waseda, explica que «para un agujero negro tan masivo como ID830, esto requeriría no una estrella normal, sino una gigante más masiva o una enorme nube de gas«.

La científica añade que este periodo de glotonería desenfrenada suele ser breve en escalas astronómicas, estimando que «podría durar unos 300 años«. Durante este lapso, la materia gira en el disco de acreción casi a la velocidad de la luz antes de ser absorbida definitivamente por la gravedad.

Conviene destacar que el origen de ID830 se sitúa en una época donde el universo apenas alcanzaba el 15% de su edad actual, acumulando ya una masa de 440 millones de soles. Su volumen resulta asombroso al compararlo con Sagitario A*, el núcleo de nuestra galaxia, puesto que el nuevo descubrimiento es más de cien veces más masivo que aquel.

El impacto en la evolución del cosmos

El estudio revela que los rayos X provienen de una estructura denominada corona, formada por campos magnéticos que crean una nube de partículas a temperaturas de mil millones de grados. Además de su crecimiento, este tipo de gigantes cósmicos regulan el desarrollo de sus galaxias mediante la liberación de energía térmica que dispersa el gas interestelar.

Este proceso frena la formación estelar, lo que implica que el desarrollo desmedido de un agujero negro ocurre a menudo a expensas de la propia supervivencia de su entorno galáctico. La detección de este agujero negro supermasivo ha sido posible gracias al James Webb, cuya sensibilidad está dejando claro que este tipo de objetos son más habituales de los previsto en las primeras etapas del universo. De hecho, los datos indican que el 10% de los cuásares poseen chorros de radio espectaculares, lo que obliga a replantear cómo se estructuraron las primeras grandes masas del tejido espacial.

 

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