Por Agencia
El cielo de finales de febrero promete convertirse en un escenario casi mitológico. Cuando el Sol se oculte el próximo 28 de febrero, seis mundos del sistema solar asomarán simultáneamente en el firmamento, dibujando una coreografía que los astrónomos denominan “desfile planetario”. No se trata de una alineación perfecta, sino de una coincidencia visual que permitirá observar varios planetas en una misma franja del cielo.
El efecto visual, aunque fascinante, exigirá precisión y paciencia. La ventana de observación será reducida y dependerá de un horizonte despejado hacia el oeste. Según explica la NASA en su guía oficial de observación astronómica, Venus, Mercurio y Saturno aparecerán muy bajos tras la puesta del Sol, acompañados discretamente por Neptuno, mientras que Júpiter y Urano ocuparán posiciones más elevadas.
Durante aproximadamente media hora después del ocaso comenzará el espectáculo. Venus será el faro principal, resplandeciente y fácil de identificar incluso en el crepúsculo. Mercurio, más esquivo, brillará cerca del horizonte, mientras Saturno se situará ligeramente por encima. Aunque los tres podrán verse a simple vista, unos prismáticos astronómicos mejorarán notablemente la experiencia.
Neptuno
Neptuno, en cambio, supondrá un reto mayor. Este distante gigante helado, invisible sin ayuda óptica potente, requerirá al menos un telescopio de 15 centímetros de apertura para distinguirlo con cierta claridad. Incluso así, la luz residual del atardecer complicará la observación. Los cuatro planetas permanecerán visibles alrededor de 45 minutos antes de desvanecerse bajo el horizonte.
Cuando los planetas más bajos comiencen a desaparecer, bastará con elevar la mirada hacia el sur para encontrar a Júpiter, brillante en la constelación de Géminis. Se distinguirá por su luz blanca y constante, que no titila como las estrellas. Entre el grupo occidental y Júpiter se reconocerán fácilmente las tres estrellas alineadas del Cinturón de Orión.
Más arriba, casi como una pista celeste, el Cinturón servirá también para localizar a Urano. Siguiendo la línea formada por Alnitak, Alnilam y Mintaka hacia el cúmulo abierto de las Pléyades (M45), Urano se situará justo debajo, en la constelación de Tauro. Aunque en condiciones excepcionales podría atisbarse tenuemente, lo habitual será necesitar prismáticos o un pequeño telescopio. La propia NASA detalla la ubicación de estos objetos en sus mapas interactivos de observación.
Como añadido especial, la Luna creciente gibosa (iluminada en torno a un 92%) se acercará visualmente al cúmulo del Pesebre (M44), un conjunto estelar situado a unos 577 años luz, compuesto por cerca de un millar de estrellas. Estudios de cartografiado estelar, como los realizados por la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea, han permitido determinar con gran precisión la distancia y composición de este cúmulo.
Luna de Gusano
La función celeste no terminará ahí. Apenas unos días después, el 3 de marzo, la Luna llena (conocida tradicionalmente como “Luna de Gusano”) atravesará la sombra terrestre en un eclipse total. Durante aproximadamente 58 minutos, nuestro satélite adquirirá una tonalidad rojiza, fenómeno explicado por la dispersión de la luz solar en la atmósfera terrestre, tal como describe la NASA.
Las mejores vistas del eclipse completo se concentrarán en el oeste de Estados Unidos, Alaska, Hawái, varias regiones del Pacífico, Nueva Zelanda, Australia y Asia oriental. Será un contraste simbólico: cuando el desfile planetario se disuelva en la oscuridad, la Luna teñida de cobre tomará el protagonismo.
Estos efectos nos recuerdan que el sistema solar no es una maqueta estática, sino una maquinaria en perpetuo movimiento. Cada órbita es un compás y cada conjunción, una nota en la sinfonía cósmica. El 28 de febrero, quien mire al oeste en el instante exacto presenciará algo más que seis puntos luminosos: verá la geometría viva del universo desplegándose ante sus ojos. Y en ese breve intervalo entre la luz y la noche, el cielo nos recordará que aún sabemos maravillarnos.