Por Agencia.-
Reconstrucción del suelo forestal de la flora de Dori’s Tuff, de 74,6 millones de años de antigüedad, en la que se representan interacciones hipotéticas entre angiospermas y dispersores. Las plantas representadas —incluidos el follaje, los frutos, las semillas y las flores— se han ilustrado en su posición natural basándose en los fósiles vegetales hallados en el yacimiento y en sus hábitos de crecimiento inferidos. Los mamíferos y dinosaurios dispersores de semillas representados se basan en la fauna conocida de la región en general durante el Campaniense tardío.
Al imaginar el entorno en el que se movían los dinosaurios nos vienen a la cabeza ambientes selváticos, dominados por grandes árboles y por helechos en los que terópodos gigantes hacían retumbar los suelos. Pero quizá, aquel entorno del pasado estuviese pintado con una paleta de color mucho más amplia de lo que nos viene a la mente. Según un estudio llevado a cabo por paleobotánicos de la UC Berkeley, algunos de aquellos árboles y plantas ya producían flores y frutos, por lo que los dinosaurios que los habitaban habrían podido disfrutar de sus aromas y de su sabor.
Este artículo contradice la idea de que las angiospermas (las plantas que producen flores) comenzaron a dominar el planeta tras la caída del meteorito que acabó con los dinosaurios. Según se pensaba, en la época de los dinosaurios las plantas producían flores diminutas y frutos del tamaño de una semilla de amapola. Por tanto, para esparcir sus diásporas, es decir, las estructuras que permiten formar otro organismo completo, empleaban otros medios como el viento o las lluvias torrenciales.
Pero se especulaba que no fue hasta el auge de los mamíferos cuando las plantas comenzaron a adoptar una estrategia de dispersión más compleja basada en una relación con otros animales. Es decir, que se creía que previamente al meteorito, las plantas todavía no creaban frutos carnosos con semillas resistentes en su interior para que fuesen devorados por los herbívoros y acabar, así, en un lugar distante y cubiertas en abono natural.
Sin embargo, un yacimiento pone en entredicho esta creencia. Jaemin Lee autor principal del artículo y doctorando en la Universidad de California en Berkeley lo explica con sus propias palabras: “Nuestros resultados muestran que, al menos en algunos entornos cálidos y húmedos durante el Cretácico Superior, 10 millones de años antes del límite de extinción, las angiospermas ya dedicaban más recursos a cada una de sus diásporas y formaban bosques densos”. Es decir, que ya habría frutos carnosos.
La historia de un bosque de hace 74,6 millones de años
Las flores aparecieron en el Cretácico temprano, hace aproximadamente 135 millones de años. Al principio eran estructuras pequeñas y poco llamativas, similares a una hoja, que producían frutos igualmente pequeños que caían a tierra y se diseminaban por acción del viento y la lluvia. Aunque no lo parezca, se trata de un método de dispersión bastante eficaz, tanto, que algunas angiospermas siguen empleándolo. Por ello, se especulaba que durante 70 millones de años las plantas no habrían cambiado mucho y, por tanto, las flores que cohabitaban con los dinosaurios serían semejantes a las primigenias y los frutos, diminutos. Sin embargo, el hallazgo de un bosque fósil que quedó enterrado por cenizas volcánicas hace 74,6 millones de años muestra un escenario muy distinto.
Los frutos fosilizados de este bosque eran hasta 100 veces mayores que los de las primeras angiospermas. ¿Pero qué tamaño es ese? ¿Como un aguacate? ¿Como una sandía? No. Del tamaño de un arándano. “Esto puede no parecer muy grande” apunta Lee, “pero los frutos que comemos hoy en día son el resultado de cientos de años de agricultura selectiva. Las sandías salvajes sólo medían 5 centímetros de ancho antes de la acción humana”.