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Los paleontólogos han pasado 50 años buscando estos fósiles… y estaban escondidos en un museo

Por Agencia

Los antiguos anfibios marinos Erythrobatrachus (en primer plano) y Aphaneramma (al fondo) nadando a lo largo de la costa del actual extremo norte de Australia Occidental en un hipotético escenario de hace 250 millones de años.

Hace 60 años, varios equipos de paleontólogos se encontraban en la región de Kimberly, en el extremo norte de Australia Occidental. La zona era tan prometedora como abrasador el calor. Allí, algunas rocas de colores distintos asomaban sobre el terreno, una señal inequívoca: había fósiles para desenterrar. Al comenzar las excavaciones comenzaron a descubrir huesos pertenecientes a cráneos y mandíbulas de especímenes realmente extraños. No se trataba de dinosaurios, pero su forma recordaba vagamente a los cocodrilos. Algunos de estos animales prehistóricos alcanzaban los 2 metros de largo, con una cabeza que podía llegar a medir hasta 40 centímetros.

Ahora bien, tuvo que pasar más de una década hallar las manos suficientes capaces de recomponer el complejísimo puzle de huesos petrificados. Una vez tuvieron suficientes evidencias, los paleontólogos lo tuvieron más claro. Se trataba de trematosáuridos, antepasados de las salamandras, de tamaños gigantescos.

Lo más curioso de estos restos es que se encuentran es estratos que cronológicamente se sitúan desde 1 millón de años tras la gran extinción del Pérmico-Triásico. Esta extinción, conocida también como la Gran Mortandad, acabó con entre el 90 % y el 96 % de las especies marinas y el 70 % de las especies terrestres. Por tanto, se especula que fueron estas grandes salamandras las que dominaron las zonas costeras de Pangea durante los primeros millones de años de la que se conocería como “era de los dinosaurios”.

Sin embargo, la investigación acabó más pronto de lo deseable. Tras realizar los primeros estudios y presentar a una especie, Erythrobatrachus noonkanbahensis, los huesos fósiles hallados en Kimberly, así como las réplicas que fabricaron, acabaron diseminados por distintos museos de Estados Unidos, y Australia. Entre ellos, había un cráneo especialmente interesante y protagonista de esta historia. Eso sí, lo que no sabían por aquel entonces es que el cráneo no pertenecía a una especie, sino que al menos había dos grandes salamandras en la caja que partía hacia ultramar.

Un viaje a la Australia antigua

Por situarnos en el contexto del descubrimiento, lo que hoy conocemos como Australia era muy distinta hace 250 millones de años. Este subcontinente todavía no había obtenido su condición de isla, ya que las grandes masas de Tierra se encontraban todas juntas formando parte de Pangea. Australia, en concreto, se encontraba en la zona más meridional, al sur, pegada a lo que en un par de cientos de millones de años se convertiría en la Antártida.

En el norte de esta subregión, un mar cálido y poco profundo cubría gran parte de lo que hoy son desiertos y ciudades, como la de Derby. Por tanto, no es de extrañar que la vida se adaptara a estas condiciones rápidamente. En aguas poco profundas, tener la capacidad de nadar te permite cazar pequeños peces, reptiles y otros animales, mientras que salir a la superficie también ayuda a la hora de escapar o de buscar alimento cuando escasea en las aguas. Por ello, las grandes salamandras tenían una gran ventaja con respecto al resto de animales que se encontrarían presentes.

Pero los parientes de las salamandras no se quedaron quietas. Se cree que fueron saltando de costa en costa hasta ocupar gran parte del perímetro de Pangea. Por este motivo se pueden encontrar fósiles de trematosáuridos en varios continentes.

El doble redescubrimiento

El fósil original del cráneo de Erythrobatrachus se perdió en algún momento hace aproximadamente 50 años. Como en aquellos momentos los museos no solían disponer de inventarios digitalizados, muchas piezas que se guardaban en los almacenes durante los cambios de colecciones acababan adquiriendo una nueva función como depósitos de polvo, sin que nadie supiera realmente lo que era ni su importancia histórica. Pero gracias al empeño de un equipo de científicos que lanzaron una búsqueda internacional, en 2024 pudieron reencontrarse con el cráneo original de esta especie tan singular.

En la actualidad, las técnicas más modernas permiten ver detalles que antes eran impensables. Mediante análisis con escáneres 3D, han podido distinguir dos sets de huesos en el mismo cráneo. Unos de ellos pertenecen a Erythrobatrachus, pero otros no encajan en la gran y potente mandíbula de esta antigua salamandra.

El puzle craneal que habían montado hace 50 años era imposible, ya que también contaba con piezas de otra especie, denominada Aphaneramma. Esta especie tenía una boca mucho más alargada, como las de los actuales gaviales. Por tanto, se cree que estaba especializada en la captura de pequeños peces y reptiles marinos. Así como Erythrobatrachus es exclusivamente australiano, se han encontrado depósitos de huesos de Aphaneramma en Svalbard, en el Ártico escandinavo; el Lejano Oriente ruso; Pakistán y Madagascar.

El redescubrimiento pone de manifiesto la importancia de analizar al detalle todos los almacenes de museos que se encuentran por el mundo. La digitalización de los archivos, que se va realizando poco a poco, permite reunir a historiadores y paleontólogos con objetos antiguos y reinterpretarlos mediante técnicas modernas. Así, se les puede sacar todavía más información con la que reconstruir la historia tanto humana como de nuestro planeta. Cuanto más atrás viajamos, más importantes son todas las pequeñas pistas que se puedan extraer de cada pieza histórica y para ello no siempre hace realizar grandes descubrimientos en lugares exóticos. A veces las piezas más importantes están en el lugar más insospechado, como es el caso de este cráneo.

 

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