Por Agencia
¿Sabes cuál era la esperanza de vida en el paleolítico? Era de 32 años. ¿Y a comienzos del siglo XX en España? Menos de 35 años. Tras decenas de milenios, se había avanzado muy poco en materia de salud. Pero, desde el siglo XX, el pensamiento crítico, la ciencia y la tecnología han sumado esfuerzos para alargar y mejorar nuestra existencia.
Gracias a los antibióticos, como la penicilina, y al desarrollo de vacunas que han eliminado o frenado enfermedades, el aumento de la esperanza de vida humana ha sido un fenómeno imparable durante los últimos 100 años.
En España, los datos demográficos actuales son considerables: la esperanza de vida es de 86 años en mujeres y 81 años en hombres, unas cifras situadas 10 años por encima de la media mundial. Además, la población mayor de 65 años supera el 20%. Si a ello se une la baja tasa de natalidad, el resultado obtenido es una pirámide de población mayormente envejecida. Es más, se calcula que en el año 2050, España será uno de los países con la población más envejecida del mundo.
El envejecimiento de la población provoca que un mayor número de personas experimenten una merma en sus funciones cognitivas. Y esto supone un impacto negativo en la calidad de vida, tanto de las personas que lo padecen como de sus familias. Por tanto, conviene identificar las diferencias entre un envejecimiento normal y un envejecimiento patológico para intervenir de manera temprana y minimizar su impacto funcional.
Envejecimiento normal: el descenso gradual de las capacidades
La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento como la acumulación de daños moleculares y celulares producida por el tiempo y que tiene como consecuencia un descenso gradual de las capacidades físicas y cognitivas. Es decir, es posible presentar déficits incluso durante un envejecimiento normal. Por ejemplo, el paso del tiempo implica un deterioro en el ejecutivo central, concretamente en la memoria de trabajo y los procesos atencionales, junto a un enlentecimiento en el procesamiento de la información.
Tales carencias modifican algunas funciones lingüísticas: pueden observarse dificultades en el acceso a la etiqueta léxica (lo cual explica el aumento de la frecuencia del fenómeno de la punta de la lengua) y una disminución en la comprensión de oraciones, unas particularidades que terminarían afectando al discurso. Pero cabe considerar también estos defectos en el lenguaje como una posible consecuencia de alguna condición clínica, como la presbiacusia (la pérdida de audición relacionada con la edad).
A consecuencia de la edad se enlentece el procesamiento de la información y surgen dificultades en la memoria de trabajo, la atención y el discurso, pero no se catalogan como patológicas
Es esencial comprender que el envejecimiento no debe traducirse como una enfermedad, ya que es una etapa vital y no una patología. Por esta razón, la expresión «demencia senil» es incorrecta e innecesaria: la demencia no es una consecuencia inevitable de la edad. En esta línea, la filósofa existencialista Simone de Beauvoir (1908-1986) no solo rechazaba asociar la vejez a enfermedad, sino que repudiaba entenderla como una cruel marginación, como si fuera un estado marcado por la soledad y la miseria.
Cuando surgen problemas cognitivos destacables, se habla de envejecimiento patológico, pudiendo oscilar desde deterioro cognitivo leve (como dificultades de memoria) hasta deterioro cognitivo grave (demencia).
qué es el Deterioro cognitivo leve
Las personas con deterioro cognitivo leve o DCL (llamado trastorno neurocognitivo leve en los dos manuales clínicos de referencia, el DSM-5 y la CIE-11) son aquellas que presentan evidencias de declive en comparación con el funcionamiento cognitivo previo. Esta situación puede ser informada por la propia persona o por familiares, y estar preferentemente documentada por un test neuropsicológico estandarizado. Supone un estadio transitorio entre la normalidad, entendida como ausencia de patología, y el deterioro grave.