Por Agencia
Más de medio siglo después de que las huellas del Apolo quedaran impresas sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad, la humanidad se prepara para regresar a la Luna.
Si todo sigue el calendario previsto, será en marzo de 2026 cuando la misión Artemis lleve a cuatro astronautas (Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch, de la NASA, y Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense) a orbitar de nuevo nuestro satélite natural. No descenderán a la superficie, pero su viaje marcará un punto de inflexión: el regreso a la órbita lunar con tecnología del siglo XXI.
La nave Orión será su hogar durante una travesía de aproximadamente 1,1 millones de kilómetros a lo largo de diez días. Un espacio mínimo, presurizado y milimétricamente diseñado, en el que deberán convivir, trabajar, dormir y ejercitarse mientras flotan en microgravedad. Vivir en Orión será algo así como habitar una furgoneta camper futurista suspendida en el vacío.
El “piso” donde vivirán: nueve metros cúbicos hacia el infinito
El módulo tripulado de Orión ofrece alrededor de 9 metros cúbicos habitables, un volumen comparable al interior de dos monovolúmenes. Cuatro personas compartirán ese espacio durante diez días alrededor de la Luna. Tras el lanzamiento, dos de los asientos se pliegan para liberar el centro de la cabina y ganar movilidad en un entorno donde cada centímetro cuenta.
Detrás de la cápsula se encuentra el Módulo Europeo de Servicio, desarrollado por la Agencia Espacial Europea. No es habitable, pero resulta esencial: suministra agua, oxígeno, nitrógeno y energía eléctrica, convirtiéndose en el pulmón y el corazón energético de la nave. Según explica la propia ESA en su documentación técnica sobre el European Service Module, este sistema es clave para garantizar la vida y la propulsión en el espacio profundo.
En el interior, el diseño prioriza la funcionalidad sobre el confort. No hay lujos innecesarios: cada superficie, cada panel y cada compartimento responde a una lógica de supervivencia y eficiencia. La microgravedad permite usar el espacio en tres dimensiones; el suelo y el techo dejan de existir como conceptos rígidos, y cualquier pared puede convertirse en lugar de trabajo o descanso.
Dormir flotando y encontrar intimidad en el vacío
No existen camas en Orión. Los astronautas dormirán unas ocho horas diarias dentro de sacos de dormir sujetos a las paredes o asegurados con correas. En ausencia de gravedad, el cuerpo no necesita colchón: flota. Para simular la noche, cubrirán las ventanas con paneles opacos que bloquean la luz solar y reducen reflejos, transformando la cabina en una suerte de dormitorio oscuro suspendido en el espacio.
Los sacos incluyen pequeños orificios para utilizar tabletas electrónicas antes de dormir, un gesto cotidiano que aporta cierta sensación de normalidad. En un entorno reducido, mantener rutinas personales resulta fundamental para la estabilidad psicológica.
Higiene sin agua corriente y cocina orbital
En Orión no hay ducha. La higiene diaria se realiza con toallitas húmedas, jabón sin enjuague y champú que no requiere aclarado. Todo ocurre en un pequeño módulo de higiene con puertas que ofrecen una privacidad relativa. El inodoro, compacto y adaptado a la microgravedad, incorpora sistemas específicos para la gestión de residuos, un desafío técnico constante en el espacio.
La alimentación se basa en raciones espaciales ligeras, diseñadas para minimizar desperdicios. Muchos alimentos se rehidratan con agua del sistema a bordo y se calientan mediante dispositivos sencillos. Comer no es un placer gastronómico, sino una operación precisa dentro de un ecosistema cerrado.
El gimnasio más pequeño del universo
La cabina principal es también centro de mando. Un sistema de “glass cockpit” con pantallas digitales permite pilotar la nave, supervisar parámetros y realizar experimentos. Parte esencial de la misión Artemis II será comprobar el correcto funcionamiento de todos los sistemas en el entorno del espacio profundo, más allá de la órbita terrestre baja.
Cada astronauta dedicará alrededor de 30 minutos diarios al ejercicio físico. La microgravedad provoca pérdida de masa ósea y muscular, un fenómeno ampliamente documentado por la NASA y respaldado por estudios sobre desmineralización ósea en el espacio. Sin contramedidas, el cuerpo humano se debilita rápidamente.
Para combatirlo, Orión incorpora un dispositivo compacto de tipo flywheel (volante de inercia) instalado bajo una escotilla lateral. Funciona como un yo-yo: ofrece resistencia proporcional al esfuerzo del astronauta, hasta unos 180 kilogramos (400 libras). Con una barra, correas para los pies y un arnés conectado al cable, pueden simular remo, sentadillas, peso muerto, tirones explosivos, curls de brazos o remo inclinado. Un único aparato que sustituye a todo un gimnasio terrestre.
El objetivo médico es claro: preservar músculos y huesos, especialmente en piernas, cadera y espalda, las zonas más afectadas por la ausencia de gravedad. Especialistas en ejercicio de la NASA y la Agencia Espacial Canadiense ajustan las rutinas específicas para cada misión.
Comunicaciones, ruido y el pulso constante del espacio profundo
Orión será también un nodo de comunicaciones. Gracias a la Red de Espacio Profundo, los astronautas podrán enviar imágenes, vídeos y mensajes a la Tierra, además de mantener contacto con sus familias. Micrófonos, auriculares, tabletas y ordenadores portátiles forman parte del equipamiento cotidiano.
El interior no será silencioso: ventiladores y sistemas de soporte vital generarán un zumbido constante. Sin embargo, la acústica ha sido estudiada para que el sonido resulte tolerable durante misiones prolongadas.
En conjunto, la vida en Orión se asemejará más a acampar en un microapartamento tecnológico y flotante que a viajar en un crucero espacial. Será una experiencia compacta, meticulosamente planificada y exigente. Y, sin embargo, en medio de ese reducido habitáculo, cuatro seres humanos contemplarán por las ventanillas la silueta plateada de la Luna acercándose lentamente.