Por Agencia
Es, cuanto menos, curioso, comenzar una explicación de artículo científico sobre movimiento bacteriano hablando de las dificultades de forjar espadas. Pero en la cabeza de los investigadores Daniel Grober y Jérémie Palacci, del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria, tiene mucho sentido. Para fundir metales en una forja se requiere una enorme cantidad de energía, suficiente para que los átomos que conforman el metal vibren hasta que pierdan la estructura sólida y se vuelvan líquidos. Cuanta más temperatura haya, más vibran los átomos; y cuanto más vibran los átomos, más maleable es el metal y más fácil de trabajar para cambiar su forma.
Pero esta teoría de que los átomos o las moléculas se movían no fue demostrada hasta el año 1905 por Albert Einstein, que fue capaz de encontrar una explicación a un fenómeno observado por Robert Brown en 1827. Brown notó que, si mirabas al microscopio partículas de polen muy pequeñas que flotan en agua, el polen parece que se mueve o vibra en direcciones aparentemente aleatorias. La clave de este movimiento, según explicaría Einstein casi 80 años después, es que en la disolución, las moléculas de agua se mueven a altas velocidades, chocan con las partículas más grandes y son capaces de moverlas. Al chocar cada una desde una dirección concreta, la partícula parece que se mueve en patrones aleatorios.
El hallazgo fue toda una revolución en la física, ya que era la prueba irrefutable de que los átomos y las moléculas existían. Unos componentes tan pequeños que en aquella época eran imposibles de ver, pero que conforman todo lo que conocemos. El hallazgo, demostrado experimentalmente por Jean Perrin en 1908 fue reconocido con el Premio Nobel de Física de 1926, 99 años después de que Brown viera el polen vibrar sin saber por qué. En su honor, a este movimiento se le conoce como “movimiento browniano”
¿Pero qué tiene que ver esto con las bacterias?
El movimiento browniano depende de la temperatura. Cuanta más temperatura tiene un líquido, más rápido se mueven moléculas de agua y más chocan unas con otras, lo que se traduce en más movimiento. Para visualizarlo, pensemos por un momento en hojas que flotan en una piscina. Si el agua no se mueve, las hojas flotarán estáticas, pero si viene viento, muchas de estas hojas chocarán, y algunas se quedarán pegadas. Por tanto, el movimiento browniano, en ocasiones, es necesario para ensamblar materiales avanzados que se emplean en cada vez más aplicaciones tecnológicas. De forma similar a lo que sucedía con las hojas, los monómeros de una disolución se acaban uniendo para formar estructuras.
El problema es que, al contrario que las hojas, que les da igual unirse de una forma u otra, en estos materiales las moléculas individuales han de unirse en ángulos específicos para formar cadenas o redes. Como su movimiento depende del azar, puede que se unan de forma correcta en el primer choque, pero también puede que no, y que lleve varios intentos. Esto disminuye la eficiencia del proceso, ya que no se puede controlar cada molécula por separado.