Por Agencia
Durante milenios, la aspiración del progreso estuvo asociada a mejorar nuestras condiciones de vida. Hoy, ese ideal parece desplazarse hacia la mejora de nuestra propia biología. La posibilidad de rediseñar rasgos físicos o cognitivos sitúa al ser humano actual ante una decisión inédita: intervenir en aquello que hasta ahora considerábamos imposible de modificar por ser fruto de lo que llamamos naturaleza.
A menudo, las puertas a esta posibilidad se cierran desde estamentos religiosos, ya que la voluntad de autocreación y mejora se percibe como una ofensa a los dogmas impuestos por diversos cultos. (Pero, ¿no se infiere como paradoja el sostener que no debemos intervenir en el cuerpo cuando quizá la capacidad intelectual para transformarnos sea precisamente un medio que se nos ha concedido para evolucionar?)
Resulta entonces que el análisis bioético carece de sentido ante cualquier escudo devoto. Y, para asumir con rigor los retos éticos ante los que nos sitúa el progreso de la ciencia, el debate debe situarse más allá de los prejuicios de las posturas bioconservadoras prohibicionistas. Por tanto, una vez situado el contexto, nacerían las principales incógnitas del debate: ¿quién se beneficiaría de los cambios? ¿Podrían consolidarse nuevas desigualdades si la mejora biológica se convierte en norma?
La ilusión del transhumanismo
«La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma. No solo esporádicamente, un individuo aquí de una forma, otro allí de otra, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Quizás transhumanismo pueda servir.» Con estas palabras, e impulsado por la eugenesia, el biólogo británico Julian Huxley acuño el término transhumanismo en 1959. Pero la perspectiva transhumanista ha evolucionado desde aquella visión coercitiva de la eugenesia y se está diseñando en positivo… aunque los símiles pueden ser preocupantes.
Hoy, el transhumanismo no es un movimiento homogéneo. Podría definirse como la defensa activa de la mejora del ser humano por medio de la aplicación de las nuevas tecnologías: biogenética, computación, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial. Unas mejoras que podrían ocurrir a distintos niveles: físico, mental, emocional e incluso moral. Aunque resulte extraño, el transhumanismo ya está aquí. No solo porque la tecnología proporciona drogas y medicamentos artificiales que potencian nuestras capacidades, sino también porque existe el primer cyborg oficialmente reconocido del mundo.
Además de Harbisson, hay otras personas que también se han transformado en organismos cibernéticos (la palabra cyborg nació en 1960 como contracción de la expresión inglesa «cybernetic organism»). Por ejemplo, el profesor universitario Kevin Warwick, autorreconocido como el primer cíborg científico del mundo: se instaló en su propio cuerpo diversos dispositivos, incluidos un chip en su brazo para controlar aparatos electrónicos. Y la artista Moon Ribas, quien lleva implantados sensores de movimiento y detectores de seísmos.