Por Agencia
En el centro de la Vía Láctea, una red de filamentos cósmicos teje la historia de nuestra galaxia. Allí, oculto tras polvo interestelar, el gas molecular frío (la materia prima de las estrellas) fluye, colisiona y se transforma. Durante décadas, esta región permaneció como un territorio apenas insinuado por observaciones fragmentarias. Hoy, gracias a un colosal esfuerzo internacional, su anatomía comienza a revelarse con una nitidez asombrosa.
Un equipo de más de 160 científicos ha presentado la imagen más grande jamás obtenida con el Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA). El mosaico, construido como un rompecabezas celeste a partir de múltiples observaciones, abarca más de 650 años luz en la llamada Zona Molecular Central (CMZ), la región que rodea al agujero negro supermasivo Sagitario A*. Nunca antes el gas frío de esta zona había sido cartografiado con tal grado de detalle y sensibilidad.
Proyecto ACES
La nueva panorámica forma parte del ambicioso proyecto ACES (ALMA Central Molecular Zone Exploration Survey), cuyos resultados han sido aceptados para su publicación en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. El conjunto de datos no solo es el más amplio producido por ALMA hasta la fecha, sino también uno de los más ricos en información química jamás recopilados en el centro galáctico.
La CMZ es un laboratorio cósmico de extremos. Allí residen algunas de las estrellas más masivas de la galaxia, astros que viven con intensidad desbordada y mueren jóvenes en explosiones de supernova (e incluso hipernovas) capaces de alterar su entorno. En regiones más tranquilas de la Vía Láctea, los astrónomos comprenden razonablemente bien cómo el gas colapsa para formar nuevas estrellas. Sin embargo, en el núcleo galáctico, las reglas parecen tensarse al límite.
El estudio revela una red intrincada de filamentos de gas frío que canalizan materia hacia núcleos densos, donde eventualmente pueden nacer estrellas. ACES ha identificado decenas de moléculas diferentes, desde compuestos simples como el monóxido de silicio hasta moléculas orgánicas más complejas como metanol, acetona y etanol. Esta diversidad química permite reconstruir las condiciones físicas del entorno y comprender cómo la energía liberada por estrellas masivas y explosiones estelares influye en el ciclo de formación estelar.